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La Santidad

Si quieres ser fiel a Dios y honrarle hay algo fundamental que debes entender: Él es justo, por ello demanda fidelidad de los que quieren caminar con Él. La santidad, entonces, implica que quien quiera honrarle debe hacer lo que a Él agrada en todo tiempo y vivir conforme al Espíritu.

 

01. La santidad de Dios

Dios es un Dios santo y demanda de quien quiera estar delante de Él santidad en toda la Palabra. Incluso los serafines que lo rodean en su Gloria se recuerdan el uno al otro que están frente a Uno que es Santo, Santo, Santo. Así mismo, sus hijos deben ser santos en su espíritu, alma y cuerpo.   

 

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02.  La santidad de Jesús

Desde el principio, el Señor manda a los hombres a que se santifiquen si quieren subir a su santo monte. Jesús es el hijo de Dios, quien supo en toda su manera de vivir ser santo como su Padre; es su medida la que debemos tener, si queremos ir al Padre como Él lo hizo. Él nos limpia de pecado, pero debemos conservarnos puros para verle, pues el tiempo de su regreso se acerca.

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03. La Santidad del Padre, de Jesús y del Espíritu

Jesús es llamado el Santo de los santos. ¿Por qué la Palabra lo llama así?, porque sus hermanos menores también deben ser santos y es que así como Dios Padre es, Él es y así también su Santo Espíritu; por lo cual también es llamado por los serafines: Santo, Santo, Santo, pues tres son los que dan testimonio en el cielo.

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04. Las cosas santas de Dios

El templo del Señor es santo, así debe serlo también todo aquel en quien Él habita; es por ello que Dios se asegura de que el que vaya a entrar en su casa, sea limpiado por Jesús y se limpie a sí mismo, manteniéndose puro y no volviendo a la inmundicia ni proveyendo para los deseos de la carne, pues aunque podrá entrar en templos humanos, no podrá ir a la morada de Dios.

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05. Las cosas santas de Dios parte 2

Lo que se dedica a Dios debe ser santo, es por ello que tanto la persona que se presenta ante Dios, como su ofrenda, adoración, cantos, oración, deben ser santos y ofrecidos en consagración al Señor. Él merece la honra debida a su nombre, el cual no debe ser profanado con cosa inmunda, pues Él mismo entregó su santa ofrenda para redención de los pecados de los hombres: el cordero.

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06. Somos llamados a ser santos

El Señor ordena a toda su iglesia ser santa porque Él es santo. Él quiere para sí un pueblo único, apartado de entre todas las naciones en santidad, para sí. Si Él es el todo de sus hijos y ellos viven para su complacencia, deben saber que de no ser santos, no podrán llegar a ver su rostro. Isaías supo que moriría solo por ver la santidad de Dios, pues entonces no era santo, pues no hay hombre pecador que pueda ver a Dios y vivir. Este hombre fue por Él santificado y se mantuvo santo, así cada uno de los hijos de Dios debe mantenerse santo.

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07. La voluntad de Dios es que seamos santos.

Debemos ser santos y permanecer santos, pues el llamado de Dios es que después de ser santificados, procedamos a vivir santamente, pues lo que Dios ha santificado, debe mantenerse de tal modo (1 Corintios 1:2). El cambio en un hombre o mujer que pasa a ser de Dios debe hacerse evidente a los hombres y dar testimonio de la obra de Cristo en ellos, pues para esto los ha escogido Dios

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08. Ser santo es ser sin pecado, sin inmundicia.

Dios nos demanda que vivamos una vida que sea de su total agrado, pues nos creó para Él y su gloria; no para nosotros mismos. El pecado es una forma de vivir la vida agradándose a sí mismo, y por tanto es un impedimento para ser santo y alegrar el corazón de Dios, que nos manda la santificación de nuestras vidas como ofrenda a Él. Es inmundo a Dios que quien fue santificado siga en pecado, pues no solo pisotea la sangre de Cristo, sino que desecha a Dios.

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09. Ser santo es contrario a ser inmundo.

Dios separó para sí un pueblo santo, por ello aunque en una misma congregación haya hombres buenos y malos, Él hará diferencia entre el que es santo y el que es inmundo. La voluntad del Señor es que, apartados de los pueblos de este mundo, vivamos en santidad, venciendo el pecado, que a sus ojos es abominable. En ello consiste el poder del sacrificio de Cristo: que ahora los hombres por su obra no vivan más en pecado y que se mantengan puros y limpios para Él.

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10. Santidad es vida libre de inmundicia.

Desde el momento en que el hombre elige pecar es necesario que si quiere volverse a Dios sea purificado de su maldad. En el Antiguo Testamento se hacía a través de animales que se ofrecían para cubrir su maldad, pero sus conciencias y corazones no podían ser limpiados. Hoy al que es lavado por Dios con agua limpia, a través del Cordero santo, le es quitado su pecado y él mismo se esfuerza para mantenerse limpio de inmundicia y firme frente a la tentación.

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11. Dios ordena que nos santifiquemos.

El Señor nos muestra en toda la Palabra que llama santo a lo santo e inmundo a lo que hace pecado. Después de la obra de santificación de cada hombre, es necesario que cada uno se lave a sí mismo; es decir, que se mantenga puro de cualquier tipo de mancha. El que quiere mantenerse de pie ante el Señor se preserva y guarda de hacer el mal y se niega a ensuciar sus vestiduras con el pecado.

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12. Santidad es estar apartado del pecado para dedicarse a Dios.

La Biblia demuestra que el que se consagra a Él, no debe hacerlo en cualquier condición, sino permanecer de la manera que Dios dictamina: obedeciendo sus mandamientos, para vivir de la manera que al Señor le agrada todos los días de su vida. Santidad, por tanto, es lo que Dios determina, sin añadiduras de hombres, y lo que Él determina es que los suyos no toquen el pecado, lo que solo es posible por la obra redentora de Cristo, que limpia al hombre con el propósito de que este se mantenga limpio.

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13.La santidad es el fruto de un corazón bueno.

Un santo de Dios no se contamina con ninguna especie de maldad, porque su corazón ya no fabrica iniquidad, como antes lo hacía, sino buenas obras, porque Dios lo ha lavado y él sigue siendo santo: en cuerpo, alma y espíritu; porque el hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno. Es, por tanto, en vida cuando los hombres deben vivir en santidad, no muertos, como se ha enseñado en distintas creencias.

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14. La santidad es limpiarse de toda contaminación.  

El hombre debe mantenerse limpio a sí mismo después de haber sido lavado por la sangre del Cordero, huyendo de la contaminación de la carne y absteniéndose de los deseos carnales que batallan contra su alma. Por ello es necesario que invoque a Dios para que lo libre oportunamente, pues si se mantiene fiel hasta la muerte luchando contra el pecado, alcanzará la vida eterna. La santidad, entonces, se perfecciona en el temor de Dios, guardándose de toda inmundicia.

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15. La santidad es lo contrario a lo profano.  

Desobedecer, pecar, es profanar el santo mandamiento, por ello es necesario discernir entre lo santo y lo profano y hacer lo que es agradable a Dios. Lo profano es, entonces, convertir lo santo, lo que agrada a Dios, en algo contaminado, por no mostrar respeto a las cosas que para Él son sagradas, ignorando su mandato. Quien no obedece a Dios, haciéndose así impuro después de haber sido lavado, no le verá.

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16. La santidad es lo contrario a la iniquidad.  

Iniquidad es desobedecer o cambiar la ley

No porque tengamos debilidad humana, tenemos que pecar, pues quien por Cristo fue lavado en su sangre, ahora puede obedecer la ley de Dios. Jesús enseñó que su ley no ha cambiado, sino que antes es más estricta, pues Dios pone su Espíritu en los que vienen a ser sus hijos, por ello es necesario que ahora presentemos nuestros miembros santos a Dios, para obedecer en todo a Él, porque el que ama al Señor es el que le obedece. "Sed santos" es un mandato, para el cual nuestro corazón y todo nuestro ser deben estar limpios de pecado.

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17.  La iniquidad es desobedecer la ley de Dios.

Ser santos es la demanda que el Señor hace en toda la Palabra y para serlo es necesario temerle; aunque el mundo enseña lo contrario: que a Él no se debe temer, es el que se santifica por amor y temor de Él, quien puede guardar la ley, pues el que es salvo del pecado, lo es para hacer las buenas obras para las cuales fuimos creados. Por el contrario, quien peca, desobedece, se opone a la ley de Dios, lo que lo hace inicuo y merecedor del castigo que el Señor ha preparado para los desobedientes. Dios quiere un pueblo diferente: sin pecado.

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18.  La iniquidad es un proceso, a diferencia de la santidad.

Es un corazón malo el que gesta y produce la iniquidad, por lo tanto no es de Dios quien aún peca, porque Él no tiene parte con la maldad ni crea hombres malos, sino buenos en gran manera, a imagen y semejanza suya. El proceso del pecado la Palabra lo asemeja con la gestación, pues se maquina y planifica, tras ser sembrada la semilla de la maldad; pero está maldad no tiene cabida en un corazón limpio por la sangre de Cristo.

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19.  Los verdaderos hijos de Dios no hacen iniquidad.

La obra de Dios y de Cristo con su sangre es perfecta y fue hecha para quitar los pecados de los que son hechos hijos de Dios; por lo que la redención de la esclavitud del pecado mantiene libres del pecado y de la iniquidad a los que son suyos. Un hombre que hace injusticia y pecado no puede decir que es imitador de Cristo, como tampoco lo hizo Pablo, aunque así se han malinterpretado sus palabras; pues los que han muerto al pecado, ¿cómo vivirán aún en él? Sí existen hombres y mujeres perfectos de camino, y son los hijos de Dios.

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20.  Consecuencias de ser inicuo.

No se puede ser santo e inicuo a la vez, pues el Señor nos manda a ser santos como Él es santo. Aquel en quien el Señor encuentra iniquidad, tendrá su paga en el infierno, porque el inicuo no es santo, y solo los santos verán a Dios. El Señor culpa de iniquidad, por ejemplo, al que es tropiezo en el reino de Dios sirviendo, pero por los motivos incorrectos: contienda o ganancia deshonesta.

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21.  Santo es ser libre del pecado.

El que es de Dios no hace los deseos del diablo, pues ha sido libertado de ellos por el poder del Señor y ahora es obediente a Él. La mentira, por ejemplo, proviene del diablo, pues en Dios no hay ninguna iniquidad y sus hijos, que son verdaderos, como Él, no mienten, puesto que al haber sido comprados con el precio de la sangre de Cristo, obedecen a su mandato de ser santos en toda su manera de vivir. El santo es limpio de corazón, es libre de pecado.

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22.  Los santos lo son en toda su manera de vivir.

La vida eterna es para los que se arrepienten, cambian de camino y perseveran en hacer el bien; pues habiendo sido santificados, se mantienen en la verdad, en la Palabra de verdad. Todo siervo de Dios debe ser, entonces, una piedra viva, en santidad, en toda su manera de vivir, para ser edificado sobre Cristo. En cada lugar donde esté un santo de Dios y en todos sus actos refleja a Aquel que murió por él en la cruz.

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23.  Sirviendo en santidad.

Dios es santo y celoso que no sufre las rebeliones del que se llama su pueblo, por lo que manda que quién le sirva no lo haga de cualquier manera, sino en santidad; es decir, obedeciendo sus mandamientos. La demanda de Dios, por tanto, no es que los hombres pertenezcan a religión alguna, sino que sean sin mancha en este mundo, sin pecado, como su Hijo, para que sean verdaderos siervos suyos. Él vino a salvar a su pueblo santo y su deseo es que se mantengan en santidad en adelante, honrando el santo llamamiento que les fue hecho.

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24.  ¿Cómo se santifica el nombre de Dios?.

La petición que hizo Jesús cuando enseñó cómo orar, se refiere a la necesidad de que los hombres, siendo libertados por Dios del pecado, no hagan más escarnio de su nombre, como antes lo hacían cuando se llamaban a sí mismos sus hijos y hacían a la vez el mal. El que viene a ser hijo de Dios, santificado por la Palabra y la sangre de Cristo, ya no peca más; esta es la obra de Dios para que su nombre sea santificado en cada uno de sus hijos y reconocido como limpio, a través del testimonio de los que verdaderamente son suyos. El modo de que el Señor santifique su nombre es que sus hijos vivan en obediencia a sus mandamientos, pues se santifica cuando los hombres no lo profanan pecando.

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25.  ¿Cómo santifica Dios su santo nombre?.

Esta es la primera petición que Jesús enseña cuando muestra cómo orar. ¿Por qué?, Dios debe santificar su nombre dando muerte al pecador; sea para vida eterna: en quien deja de pecar, o para condenación eterna: en quien aun siendo tratado por Dios, se mantiene en pecado. El Señor llama al hombre del mundo, del pecado, para que corra a Jesús. Si el hombre se arrepiente, Él le lava de inmundicia con su Palabra: quitándole el corazón malo y el espíritu corrupto; es decir, matándolo para darle vida: un corazón nuevo y un Espíritu recto: su santo Espíritu. Quien aún peca, no ha nacido de Dios (1 Juan 3:6)..

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26.  ¿Cómo se santifica el nombre de Dios?

El Dios santo se santifica con una vida justa. Jesús lo dijo a sus discípulos: tendrían que beber de la copa que Él bebió y ser bautizados con el bautismo con que Él lo fue. No quiere decir esto que todo el que cena y se bautiza es de Dios, sino aquel que bebe la copa que bebió Cristo: la muerte, y es nacido del Espíritu; pues cada hombre debe morir al pecado para vivir a la justicia y ser así como Dios es: justo, para que los hombres vean a través del testimonio de uno que ha sido cambiado por el poder de Dios cómo es la santidad que el Señor manda. Si eres un verdadero hijo de Dios eres la única biblia que muchos leerán.

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27.  El nombre de Dios se santifica en el corazón

Santificamos a Dios cuando le tememos en nuestro corazón, lo que nos conduce a obedecer toda su ley, como Cristo, que tuvo en poco ser tomado por malhechor, aunque todas sus obras eran buenas. Su conducta externa intachable producía en él una buena conciencia; por ello, es necesario que los nacidos de Dios vivamos una vida justa, suframos por causa de la justicia y presentemos defensa de la fe con mansedumbre, para que nuestra conciencia no nos acuse pues hacemos el bien, imitando en todo a Cristo.

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28.  Consecuencias de no santificar el nombre de Dios

Moisés y Aarón recibieron una orden directa de Dios que desobedecieron golpeando la peña, cuando el Señor les mandó solo a hablarle. Con el Señor, el cumplimiento de sus mandamientos no puede ser parcial, sino completo, porque lo que santifica su nombre es la obediencia a sus mandamientos; por ello Él mismo santificó su nombre, ejecutando juicios sobre ellos por su desobediencia. Dios hizo el milagro no por ellos, sino por misericordia de los niños nacidos en el desierto. Si Moisés, por su parte, no se hubiera arrepentido, no habría ido al Reino de los cielos y el Señor salvaría a uno más fiel; sin embargo no fue librado de recibir la consecuencia de su rebeldía: no entró a la tierra prometida.

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29.  Necesitamos ser santos para ver a Dios

Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. (Hebreos 12:14) La santidad es imprescindible, no se puede pasar por alto, es muy necesaria, no puede faltar o ser reemplazada, porque sin ella no es posible alcanzar la salvación. Todo cristiano que anhela ver el rostro del Señor un día, debe ser santo.  Santos en toda nuestra manera de vivir, como dice 1 pedro 1:15-16 dice: “como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en todavuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.”

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30.  Santidad de los niños

Los niños nunca han nacido inmundos, sino eran sus padres quienes quedaban inmundos por la sangre que salía de la madre durante el parto, de acuerdo a la ley. La Biblia enseña: "Todo varón que abriere la matriz será santo al Señor" Cada niño nacido también es santo al Señor (Ecl 7:29), pero en algún punto de su vida se descarría tras el pecado, y merece como paga la muerte. Por ello hay que nacer de nuevo: volver a ser como niños, pues ellos, mientras no han pecado, para Dios son santos (Jeremías 1:5). El Señor no crea pecadores; crea santos y está interesado en santificar a los que después de ser hechos santos, se contaminaron pecando.
1 Juan 3:6: Sin embargo para ello, cada uno debe apartarse de iniquidad, para ser recibido por el Señor.

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31.  Santificación externa de los hombres

La Escritura enseña sobre la santidad de los hijos de Dios y sobre la santificación externa de los hombres, y no pueden confundirse; toda vez que quien es santo, no peca, pero quien solamente es santificado por la santidad de otro, aún vive en pecado apartado de Dios.

El Antiguo Testamento nos presenta evidencias de que Moisés, quien vivía en santidad, debía santificar externamente al pueblo cuando el Señor iba a descender, y Dios no podía, ni puede estar donde hay inmundicia; por lo tanto, tampoco puede un pecador estar donde Dios está. En el Nuevo Testamento (1 Corintios 7) vemos que la mujer piadosa con su santidad, santifica externamente a su marido y a su casa; no que con ello su esposo siendo un pecador que anda apartado de Dios se vuelva santo delante de Dios, sino que él es santificado exteriormente por la santidad de ella, y esto únicamente para que la presencia de Dios pueda estar en esa casa. En los ejemplos citados, ni el esposo pecador siendo santificado externamente, ni el pueblo de Israel podrían ser salvos, aunque un santo se encontrará en medio de ellos y los santificará con su santidad; pero la sangre de Cristo sí santifica interna y externamente al hombre, quitando definitivamente el pecado, para que pueda ser hecho un hijo de Dios, facultado para vivir en santidad hasta ver cumplida la promesa de la salvación.

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32.  Santificación externa de los hombres parte 2

La Santidad es una demanda de Dios para los llamados a creer y obedecer sus mandamientos a fin de que sean escogidos para vivir eternamente en su reino.

Aquellos que viven en santidad, santifican con su obediencia a Dios el lugar donde habitan y también a los demás con quienes habita; lo que permite que la presencia de Dios pueda estar allí. De esta manera Dios ha establecido que la santificación externa del lugar y de los que lo habitan, lo hará solamente por causa del hombre o mujer santa que more en el. Es así que los que son santificados externamente, están apartados de Dios y no serán escogidos, a menos que decidan vivir en santidad.

 

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33.  Diferencia entre ser santificado y justificado con ser santo y justo

Nuestro Dios todo poderoso ha hecho diferencia entre los que son justos y los que son justificados, siendo los primeros aquellos que viven delante de él obedeciendo su Palabra,  pero aun así necesitan reconocer y aceptar el sacrificio de Jesús en la cruz para heredar la vida eterna y los segundos, aquellos que no son justos porque sus obras son malas y por ello necesitan arrepentirse de sus pecados pasados e ir a Jesús con fe en el sacrificio de la cruz para recibir el perdón de sus pecados pasados y aprender a vivir en obediencia a los mandamientos de Dios. También hace diferencia entre los que son santos y los que no lo son, pero necesitan ser santificados para poder estar delante de Dios aprendiendo a vivir en Santidad. El Señor dijo en 1 pedro 1:16 "Sed santos, porque yo soy santo.", es así que ser justificado o santificado no es suficiente para heredar la vida eterna. Aprende como ser santo y justo para Dios en el siguiente mensaje: 

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34.  ¿Quién puede santificar al pecador que se arrepiente?

El Señor Dios todo poderoso creador de todas las cosas, quiere para si un pueblo santo en cuerpo, alma y espíritu, como Él es santo. Para santificar por completo al pueblo que será heredero de la vida eterna, Dios usa como medio a su hijo “Jesús de Nazaret”, razón por la que afirmó Jesús “ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Juan 6:44) y “nadie va al Padre sino por mi” (Juan 14:5-7).

Jesús mismo, sin ser pecador fue santificado por Dios Padre para que pudiera así mismo santificar a dicho pueblo que ha de habitar en su casa por toda la eternidad; casa en la que no puede estar ninguna cosa inmunda.

Para santificar a su pueblo que también es la iglesia, Jesús mismo entregó su cuerpo en sacrificio vivo una sola vez y para siempre, santificando con su sangre primero la casa de Dios en los cielos, haciendo también perfectos para siempre a los santificados, esto es después de rescatarlos de su vana manera de vivir, quitando de ellos de una vez y para siempre el pecado, al echar de ellos el cuerpo pecaminoso carnal, y ponerles dentro el Espíritu Santo para que puedan vivir en santidad aquí en la tierra; por lo que les demanda “no pecar más”, temiendo al Señor todos los días de la peregrinación en la tierra.

Dios a través de la escritura advierte de muchas maneras que no hay oportunidad para el que habiendo sido santificado decida continuar pecando y muera en pecado, por eso afirma que sin santidad nadie le verá.

Cristo murió en la cruz una sola vez para salvar de sus pecados pasados a los pecadores que se arrepienten y se convierten a Dios de corazón, salvándoles de la esclavitud del pecado y del poder de la muerte, para que siendo libres puedan obedecerle hasta alcanzar la salvación. Entonces para quienes no retienen la santidad y escogen seguir pecando, dice Hebreos 10: 29 “¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?

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35.  La Palabra de Dios santifica

El Señor Jesucristo estando en la tierra,  oro a Dios el Padre por sus discípulos, y por los que lo serían. Una de las cosas que pidió fue: "Santificalos en tu verdad, tu palabra es verdad", esto es para todos los que la creen y la obedecen, por que Dios prometió que viviríamos por toda la Palabra que sale de su boca, la cual es el evangelio verdadero que predicó Jesucristo. Es así que quien obedece en todo tiempo la Palabra de Dios vive en santidad, manteniendo en la tierra su estatus de hijo de Dios, heredero del reino de los cielos, sacerdote de Dios apto para permanecer en su santo templo por toda la eternidad. Razón por la que también de ellos dijo Jesús que aunque estaban en el mundo ya no pertenecían al mundo.

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36.  ¿Quiénes son verdaderamente santos?

Santo es el creyente fiel, que decidió dejar de pecar para amar a Dios, obedeciendo todos sus mandamientos desde que fue santificado por Cristo Jesús mediante el perdón de sus pecados pasados.

Aquel que es verdaderamente Santo, vive todos los días apartado del pecado, por cuanto cree, guarda y obedece todos los mandamientos de Dios Padre con toda su mente y con todo su corazón; y es por eso que el Señor Dios todo poderoso lo llama “Pueblo suyo”.

Entonces ¿para ser pueblo de Dios es suficiente con creer en Jesús el hijo de Dios? No, como diría el mismo Jesús: !erráis desconociendo las Escrituras¡, porque en ellas Dios Padre manda a todos los hombres que se arrepientan de su vana manera de vivir, crean en Jesús el hijo de Dios para el perdón de sus pecados pasados, guarden en su nuevo corazón, y obedezcan con toda su mente todos los mandamientos de Dios, todos los días de sus vidas, hasta el fin, para que no pequen más.

Es así que la fe en Jesús el Hijo de Dios, constituye apenas el primer paso a la santificación, que no es lo mismo que santidad sin la cual nadie podrá alcanzar la salvación.

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37. Jesús engrandece la Ley de Dios

El primer pacto de Dios con los hombres consistía en que los hombres guardaran y obedecieran las leyes de Dios, y Dios prometía hacerlos pueblo suyo santo y sacerdotes en su Reino (La salvación). Este pacto fue dado a través de Moisés, regido por leyes escritas en piedras y sellado con sangre de becerros. En vista de que en ellos, ya imperaba la ley del pecado y de la muerte, para poder obedecer las leyes de Dios debían introyectarlas (guardarlas en el corazón) por cuanto estaban escritas en piedra, y debían determinarse a obedecerlas en todo tiempo para no hacer lo que estaba prohibido por ellas en forma de ordenanzas y mandatos.


El profeta Isaías, inspirado por el Espíritu de Dios, afirmó que “Yahvé se complació por amor de su justicia en magnificar la ley y engrandecerla” (Isaías 42:21), así introduce la esperanza de un nuevo pacto, el cual no implicaba de ninguna manera derogar la ley dada por Dios en el primer pacto.

El segundo pacto o nuevo pacto de Dios con los hombres (cuyo propósito es el mismo que el del primer pacto), el cual fue sellado con la sangre preciosa del Salvador, está vigente y consiste en que Jesús el hijo de Dios escribe en el nuevo corazón de los hombres las mismas leyes dadas por Dios Padre en el primer pacto, pero ya magnificadas y engrandecidas por el amor a la justicia, para que sean guardadas y obedecidas hasta el fin. Como evidencia de ello Jesús manifiesta “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5: 43-44).

Es así que estando aún bajo la ley de Dios, la gracia que trajo Jesús nos faculta para obedecerla de manera natural, porque son leyes escritas en el corazón, eficaces para gobernar los pensamientos y los miembros a fin de permanecer en santidad apartados del pecado y la rebeldía contra Dios.

Entonces ¿Qué quiso decir Pablo cuando expresó “pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.” (Romanos 6:14), te invitamos a escuchar el siguiente mensaje

 

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